La leyenda de la serpiente estelar

El Colibrí del sur, el Dios de la Guerra y la venganza de los originales de aquellas tierras, ordenó a los hombres dejar para siempre el Lugar de las garzas y viajar al sur.

No se detendrían hasta que encontraran la señal; a la señora del cielo, el águila real, devorando una serpiente, posada en una nopalera.

Para guiarlos y protegerlos de cualquier peligro viajó con ellos.
En su mano, el arma más poderosa de los dioses; La Serpiente Estelar, la misma que en sus manos se transformó en un hacha con la cuál mató a los Centzon Huitznahualos cuatrocientos, sus crueles hermanos para evitar el asesinato de Coatlicue, su madre.

La misma arma que descansaba en el cielo en forma de estrellas cuando El Colibrí del Sur no precisaba de ella.

Los hombres obedecieron. Dejaron todo atrás y viajaron largos años. Tantos, que en el camino los niños se convirtieron en hombres y las niñas en mujeres y después en madres.
Avanzaban lento; se iban para siempre, no había prisa por llegar.

El camino fue difícil para unos e imposible para otros; hombres y mujeres, con los años encima, se cansaban pronto. El cuerpo ya no podía seguir en búsqueda de la señal del Colibrí del Sur.

Cruzaron el Río Grande, con sus mujeres, hijos, animales y semillas, aquello minó la resistencia de los más viejos y se fueron quedando atrás.

El Colibrí del Sur no les prestó atención. Los tachó de indignos y siguió a la cabeza del contingente, avanzando lento, pero sin descanso.

La Serpiente Estelar, en cambio, tuvo compasión. No podía dejarlos, eran los ancianos. Sus hijos también se quedaban atrás, negándose a abandonarlos. Se retrasó intencionalmente mientras el pueblo elegido seguía adelante.

Cuando casi ya no se veía el polvo de los últimos hombres, tomó su forma animal, una serpiente de cuatro patas que terminaban en garras afiladas como las águilas y una cabeza semejante a la de los lagartos, con colmillos largos y afilados.

Su cuerpo emitía un resplandor ondulante, como el fuego y su mirada paralizaba.

Era la representación animal de la Serpiente Estelar; un dragón, aunque los hombres de esas tierras nunca la llamaron así.

Las familias, tristes y un poco asustadas, comenzaron a pensar cómo iban a sobrevivir por fuera de la protección de sus dioses. Discutiendo amablemente la mejor forma de organizarse, otros a propusieron sitios que habían visto, dónde guardarse en la noche inminente. Otros comenzaron a hacer lo inmediato para dar alimento a sus mujeres, niños y ancianos.

Algunos hombres se preocuparon en reunir materiales para poner techo sobre sus cabezas.

Uno de ellos, que no tenía esposa ni hijos, el más alto y fuerte de todos los jóvenes, intrépido y valeroso guerrero, tomó su cuchillo de pedernal y se apostó un poco alejado del grupo con el fin de defenderlo en caso de que algo quisiera atacarlos.

La noche caía sobre ellos. Todos se pusieron a trabajar en lo que cada quien creyó más importante, confiando su seguridad al cuidado del joven Guerrero. La oscuridad crecía. Los cielos eran claros, pero no había más luz que la de las estrellas.

Entre las matas, el Guerrero notó movimiento, algo muy grande que se deslizaba al ras del suelo rápido, como un relámpago zigzagueante.

Se acercó a revisar, con el cuchillo en la mano.

¡Y casi se cae al suelo del susto al comprobar la apariencia extraña de aquel animal!

Reconoció a la Serpiente Estelar por las historias y tuvo miedo. El Dios Colibrí se daría cuenta que había perdido su arma y volvería por ella.

Quiso alejarse y dejarla en paz, pero aquella majestuosa bestia llameante lo mantuvo quieto con el noble poder de su mirada.

El Guerrero se tranquilizó cuando supo, por la expresión bondadosa de la serpiente, que ella no les haría daño. En ese intercambio de miradas permanecieron, fascinados uno mirando al otro, porque a la serpiente le gustan los hombres, sobre todo, cuando son buenos y valientes.

Fue entonces cuando el Dios de la Guerra apareció, molesto, buscando su arma desaparecida. Al encontrarla en su forma de animal, haciendo caso omiso del hombre, la llamó a su mano. Ella hubiera acudido de inmediato en otro momento y en otro lugar. Pero ahí, en el desierto nocturno, el mágico animal dio un paso atrás.
Abrió el bello hocico que tenía cuajado de colmillos y dientes blancos y bonitos.

El canto brillante de las estrellas emergió de su garganta, algo que los hombres no pueden escuchar, a menos que haya mucho silencio y la serpiente quiera que se le escuche.

Y ella lo quería. El hombre quedó maravillado por la belleza sublime de la canción. Olvido que el Dios de la Guerra estaba ahí y olvidó también cualquier cosa que no fuera el hermoso animal de los cielos emitiendo esa melodía que iba directo a lo más profundo en el alma.

Se acercó, el canto había fortalecido su corazón y lo llenó de valor. Desapareció cualquier rastro de miedo y cobardía para siempre.

Bajó una rodilla al suelo, abandonó su cuchillo y extendió la mano, tratando de acariciar el hocico peligroso de la bestia. Había amor y reverencia en la mirada del hombre y el Dios entendió lo que estaba sucediendo.

Los dioses no hablan a los hombres por que los consideran indignos, pero sí la serpiente habla a favor de los hombres, algo bueno debe tener ese hombre en particular.

El Dios paseó la mirada a lo lejos y vio cuántos y porqué se estaban quedando atrás. No eran infieles. Eran débiles y viejos. Y otros como ese muchacho se resistían a abandonarlos.

El Colibrí comprendió y aceptó. El canto de la serpiente terminaba. Había hablado por los hombres y el Colibrí no los abandonaría tampoco.

El Dios de la Guerra, de piel azulada, cubierto con su manto de plumas de colibrí y los rasgos de su rostro hermoso oscurecidos por una franja negra, cargando su escudo ornamentado con oro y plumas preciosas, extendió la mano.

El animal se volvió relámpago y el relámpago se volvió hacha en las manos del Dios Colibrí del Sur, azul y llameante.

— ¿Tú cuidarás de ellos? —preguntó el dios al hombre que seguía hundiendo la rodilla en la tierra reseca y que dijo que si, sólo con la cabeza, con miedo de enojar al Dios más terrible de todos cuantos existían.

Aquel poderoso ser extendió el hacha de nuevo hacía el hombre y el arma se volvió Serpiente de Fuego, está vez de color rojo.

Velozmente se envolvió en torno al cuerpo del hombre.

Quemándolo vivo.

Las llamas lo cubrieron por entero mientras que la serpiente lo rodeaba cien veces viajando por su cuerpo como un remolino cada vez más rápido, hasta que dejó de distinguirse la forma del animal.

El hombre parecía atado por muchos aros de fuego. También parecía estar sufriendo.

Y de pronto, la serpiente volvió a la mano del dios.

Los gritos del hombre habían atraído a sus compañeros que corrieron a defenderlo con sus vidas hasta que vieron quien estaba con él.

Todos los hombres bajaron su rodilla al suelo y eso dio gustó al dios, ya que vio valor en esos corazones y respeto.

—Este hombre los cuidara.  El fuego de mi arma vive en su sangre. —Dicho eso, el dios desapareció para siempre.

Nunca más lo volvieron a ver, ni se volvió a saber nada de ningún animal de fuego…

Aquél joven fuerte y mucho más poderoso que antes del encuentro con la Serpiente Estelar y el Colibrí del Sur, se levantó del suelo un poco despeinado y azorado, pero vivo y sano.

Esa noche las hogueras ardieron alto con apenas unas cuantas ramitas secas y no se agotaron hasta que el amanecer llegó.

Aquellos hombres se olvidaron del frío, tuvieron siempre comida caliente, un cerco de llamas que los cuidaba en la noche.

Cuando el hombre tomó esposa tuvo hijos que fueron buenos hombres y mujeres.

Envejeció lentamente, más despacio que todos los demás. Sus hijos mayores ya tenían hijos, su primera esposa murió y la segunda cargaba en su vientre a sus primeros hijos.

Dio a luz a dos niños varones, tan diferentes uno del otro como la noche difiere el día.

Uno de ellos cuando creció se dedicó a enseñar las historias de los dioses. Fue sacerdote y ocupó un alto cargo.

El otro tenía la guerra en las venas.

La serpiente estelar habló al Guardián, anciano ya aunque fuerte.
Lo instruyó en el canto de estrellas que él comprendía a la perfección porque la serpiente estelar vivía en él.

Llevó a su hijo de veinte años, aquel que nació bajo el signo del Colibrí, que no temía a la lucha ni a las armas, a lo más apartado del desierto para enseñarle cosas, como no hizo con ninguno de sus otros hijos antes.

Once días más tarde, terminada esa tarea, durante la hora de la noche que llega, la Serpiente Estelar se mostró a su hijo en forma de animal y después en forma de relámpago.

Desde entonces, la Serpiente vive en un hombre que cuida de los suyos. El hombre hereda a su hijo o a algún otro joven, el más digno, sus conocimientos y cuando está listo, la Serpiente llega sólo una vez.

Juntos, el Guerrero anciano y la joven Serpiente de Fuego que era su hijo, dedicaron años para encontrar a tres jóvenes más.

La Serpiente Estelar lo quiso así.

Por mil años de padre a hijo o de maestro a aprendiz se transmitieron el conocimiento. Cuatro guerreros cuidando a su pueblo.

Siempre cuatro.

Llegaron los hombres del otro lado del mar, el mundo cambio, su pueblo fue olvidado, esclavizado y casi destruido. No quedaron rastros de las tradiciones, ya nadie teme a los dioses que nos olvidaron hace tanto tiempo.

Los dioses de los conquistadores eran más fuertes y los mataron.

Nadie sabe porqué.

Pero la Serpiente sigue en el cielo brillando, mantiene su pequeña promesa de estar con esos hombres, los descendientes de aquéllos que quedaron atrás, mientras ellos mantengan el compromiso que el primero selló, de cuidar de los suyos.

No sabemos si el colibrí del sur volverá y la tomará nuevamente en su mano en algún momento.

La era de los dioses ha quedado atrás, pero la Serpiente Estelar sigue cuidando del hombre de piel morena de esas tierras y de otras donde el Colibrí del Sur tuvo su dominio.

Guía y empodera hombres selectos. Los convierte en Guardianes que protegen a los que están alrededor suyo.

Cada Guerrero a su tiempo, encuentra al siguiente hombre o mujer que ha de portar la fuerza de la serpiente y el poder, el equilibrio y el dominio sobre su elemento.

Aprende esto y cuando llegue el momento, canta la canción de la Serpiente Estelar al joven o a la joven que ha de portarla con honor cuando tú dejes el mundo.

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