El tintineo de llaves rompio la paz del departamento de Camaiore. Tres hombres altos entraron. El primero encendió la luz e invitó con un gesto a los otros dos.

—Pasen. Aqui podemos quedarnos el tiempo necesario. Pertenece a los vigilantes.

—¿Tienen muchos departamentos como este? —Alejandro, acostumbrado como estaba a los lujos y los privilegios, no se sintió particularmente entusiasmado. Estaba reventado de cansancio, como si por primera vez en la vida, hubiera tenido una jornada extenuante.

—No. No somos tantos. Apenas un par de docenas esparcidos por el mundo; no cuidamos ni somos responsables de nada, solo vigilamos lo que ocurre, más por nuestros propios intereses que el de los demás —dijo Trullh al tiempo que guiaba a Alejandro a una habitación. El hombre no dijo más, apenas hizo un gesto de despedida, entró y cerró la puerta. No lo escucharon más.

Brehss, por otra parte, permaneció indeciso, apenas dos pasos dentro del departamento.
Sus experiencias humanas lo tenían abrumado. Alejandro optó por decir que su “amigo” sobrevivió con un accidente de motocicleta para explicar su comportamiento extraño.

El demonio, en su cuerpo humano, no era capaz de cerrar la boca, literalmente. Todo le causaba tanto asombro que su saliva escurría con frecuencia, ignoraba las cosas simples que Truhll y Alejandro daban por sentadas. Los controles de acceso sensibles al metal le provocaron miedo y cuando abandonaron la tierra para deslizarse por los aires, gritó, alarmando al personal de vuelo.

—¿Te sientes más tranquilo? —preguntó con suavidad—. Aquí estaremos seguros.

—No lo sé. Esto es tan diferente a lo que yo creía saber de los terrestres.

De la mano, Truhll lo llevó a través del lugar. En la cocina lo hizo beber dos vasos con agua. “Los humanos dependen totalmente de la ingesta de este elemento. Este cuerpo no resistira si careces de ella”. Lo condujo después a una habitación pequeña, en la que, después de algunas detalladas instrucciones, pudo liberarse de sus desechos, que le parecieron desagradables, pero que a fin de cuentas, pensó, todas las formas de vida basadas en el carbono, excretan a su modo, algunos peores que otros.
Quince minutos despúes lo hizo entrar a través de una puerta más. Era identica a la que se tragó a Alejandro antes. Gracias a su extensa investigación sobre la vida en la tierra, Brehss no se encontraba del todo descolocado.

Conocía bastante sobre los procesos biológicos del hombre, hábitos, necesidades y costumbres. Sabía que comer, dormir y limpiarse eran cosas de las que tendría que ocuparse. No era tan diferente de su propia especie.

Pero si lo era al experimentarlo.

Trullh lo llevó con gentileza y con esa eterna expresión suya de cordialidad, a tomar asiento en la cama. A su lado, comenzó a desvestirse despacio, mostrando lentamente el proceso para que Brehss pudiera seguirlo. Se quitó la camisa y otra prenda que llevaba debajo. El torso desnudo y moreno llamó poderosamente la atención de Brehss que, asombrado, abrió la boca, miró hacia abajo, levantó la mirada con los ojos abiertos a más no poder y exclamó.

—¡Tengo una erección!

Truhll sonrió.

—Sucede todo el tiempo. En estos cuerpos es una constante —. Sin embargo, no le prestó más antención. Se quitó los zapatos y por último los pantalones.

Olfateando sus biceps, arrugó la nariz.
—Lo más difícil para mi es el olor. Pero si te aseas con frecuencia no representa un gran problema —. Truhll tomó una toalla de entre otras apiladas en un mueble y se dirigió al único baño del departamento. Brehss no podía dejar de mirar la manera como se movía. Los humanos eran más pequeños que los demonios, carecían casi por completo de vello, excepto en ciertas zonas y era abundante e hirsuto, los colores apagados de su piel los hacían menos agradables a la vista. Pero seguían siendo aceptables.
Afortunadamente no eran como esas criaturas viscosa, moradas y con apendices irregulares emergiendo de sitios indefinibles que habitaban otros mundos.
Repitió el proceso aprendido, se liberó de las prendas tal y como su compañero lo hizo y tomando uno de los géneros disponibles, que al tacto resultaba suave, siguió a Brehss. Al cruzar la puerta del baño, se encontró con que aquél permanecía de pie, bajo de una aspersión de agua y vapor, por efectos de la adhesion y de la gravedad, ondulantes rios sepenteaban de la cabeza a los pies creando un efecto visual atractivo.

—¿Por qué tú no tienes una erección?

Truhll abrió los ojos, sorprendido y divertido con la pregunta. En efecto, mientras su miembro descansaba relajado, el de Brehss se mantenía erguido y palpitante. Se encogió de hombros, para continuar con su baño, pero al cabo de pocos minutos, al percatarse de que el otro demonio no dejaba de observarle detenidamente, le hizo un gesto con la mano, una invitación para acercarse.

Una ruidosa aspiración y la primera gran sonrisa en toda su breve vida humana al sentir las gotas de agua caliente sobre la piel, complacieron mucho al experimentado Truhll.

—El placer es una parte muy importante de la vida humana, amigo. Del placer depende en gran medida la supervivencia de la especie. Lo que acabas de experimentar.

Las pupilas del nuevo humano se dilataron. Su respiración sufrió un quebranto que no era del todo desagradable y dado que las miles de señales sensoriales le habían vuelto loco todo el día, aquel calor, el jadeo que sintió en su pecho, la boca repentinamente seca a pesar de estar bajo el agua y ese cosquilleo en las manos que no era otra cosa sino la urgencia de tocar al cuerpo más cercano, no pudo clasificarlas como su libido emergiendo. Truhll, compasivo y generoso como era, pendiente de lo que pudiera necesitar su compañero y más divertido de lo que debería estar, dadas las circunstancias que lo llevaron a convivir tanto tiempo con el demonio más hostil de todos con los que solía tratar, le tomó de los hombros y los hizo girar.

—Te ayudaré a lavarte. Te va a gustar.

Llenó sus manos de jabón y con una esponja sintética color de rosa trazó los contornos del cuerpo caliente frente a él. Brehss cerró los ojos al sentir, deslizandose por sus hombros, cuello y pecho la tersura del jabón y la presión de la mano de Truhll. El agua caliente ya era increible por si misma, estimulando su piel, palmo a palmo.

La proximidad del cuerpo de su compañero en la espalda, el calor, el roce de pieles y esa maldita mano suya llena de espuma crearon una reacción en cadena que terminó en un estallido que redujo su visión a un solo instante de inigualable blancura. Todo cuanto pensó que era increible de los seres humanos se opacó ante el portentoso primer clímax de su incipiente humanidad.

Escuchó la risa de Truhll detrás. No era necesario que le explicara que eso había sido un orgasmo. El erudito lo sabía bien. Pero hay una gran diferencia entre la teoria y la práctica del placer.

Truhll sostuvo su miembro extra sensible en una mano, aún erguido. Lo llenó de jabón y frotó, sus labios se deslizaron cercanos a la yugular estremecida, que exclamaba latidos desbocados de un corazón, aprendiz del deseo.

—¿Quieres que te muestre una de las mejores cosas de ser humano?

Brehss solamente dijo que si con un estremecimiento y con un jadeo. Truhll lo hizo girar en sus brazos y al verse encerrado en ellos, el cúmulo de sensaciones casi lo lanza por el borde otra vez.

—¡Sh! ¡Tranquilo! Respira profundo o no te dará tiempo de disfrutarlo realmente. Salgamos.
Desnudos como estaban, apenas cubiertos por las toallas y con los cabellos escurriendo se apresuraron a la habitación. El calor en su cuerpo, en su respiración hacía dificil pensar en otra cosa.

Al cerrar la puerta, Truhll sostuvo su cabeza entre sus manos y condujo sus labios a los de Brehss

—Esto es un beso —anticipó el erudito, pero no pudo decir mucho más. Aquello se parecía a las tormentas de relampagos del Eden, la tierra custodiada por los centinelas de An desde tiempos remotos, de la epoca en la que cosecharon sus primeros éxitos científicos y antes de que tuvieran que abandonarlo todo debido a sus fracasos en la tierra.

Sensaciones electrizantes que lo hacían sentir mareado nacían en el punto de contacto, los labios suaves de Truhll incendiaban, vibraban y cuando esos labios de fuego dejaron sus labios para recorrer su mentón y un poco más abajo, el cuello y sus hombros, el pobre Brehss no tuvo más pensamientos, no retuvo el nombre de las partes del cuerpo, ni lo que sabía del apareamiento humano ni mucho menos la pregunta de porque ellos estaban haciendo eso si se suponia que para procrear era necesario un miembro de cada género, una hembra, un macho, un cromosoma X y uno Y.
Se sintió depositado en el lecho suave de cobertura sedosa, las gotas de agua aún se deslizaban por la piel de Trullh y caían directo sobre su cuerpo, porque el otro demonio decidió que estaba bien encima, tendido sobre Brehss, hacíendo que todas sus partes o al menos la mayoria, frotaran las suyas. ¡Que sublime experiencia! ¡Que vertiginosa necesidad de precipitarse a toda velocidad en quien sabe que dirección, siempre y cuando fuera el otro demonio caliente, que ostentaba ya una erección tan grande como la suya. De cuando en cuando, al rozarse, arrancaban los más hondos suspiros y las quejas de placer el uno al otro.

—¿Tienes alguna curiosidad en mente? —susurró el demonio embajador contra los labios relajados y entreabiertos de Brehss, receptivos a todo cuanto quisiera hacerles. Y Trullh sabía estimularlos de mil formas distintas, que borraban todo de la mente de Brehss.

El acto de apareamiento humano era la cosa más sucia, de acuerdo a sus anteriores conclusiones. Los humanos eran ríspidos, primitivos, tendían a la violencia y parecían tener una actitud de resistencia ante la paz. Eran esencialmente guerreros, dominadores y destructivos. Sus apareamientos eran iguales, por lo que las crónicas decían y si bien, se mencionaba el placer como factor desencadenante de todo evento con fines reproductivos y también que no todos los coitos terminaban en gestaciones, nada, jamás, lo preparó para tales vivencias sensoriales.

No. Brehss no tenía alguna curiosidad.

Estaba atónito.

Y Truhll lo sabía. Sostuvo en su mano derecha la dura expresión del deseo del demonio erudito, con la otra se sostenía para no dejar caer todo su peso sobre el principiante. Cada caricia, cada largo recorrido a través de los caminos de piel suave eran un maldito infierno de sensaciones. Era lento, suave y constante. Lo estaba sacando de control con rapidez, si es que Brehss podía llamar control a no gritar y estremecerse.

—¿Sabes cual es el uso que los hombres dan a este particular apendice?
Brehss lo sabía teóricamente, nada más. De todos modos, un repunte de orgullo le hizo fruncir el ceño y experimentar un estrechamiento en su vientre, un sabor amargo y un malestar que menguó su deseo.

—No te enojes, no te estoy llamando ignorante. Eres un erudito, lo sé. Lo que quiero saber es si sabes especificamente de que maneras lo usan, además de la reproducción.

—¡Por supuesto! —y comenzó a enumerar una lista de prácticas, que si bien no se relacionaban bien unas con otras, daban idea de lo extensa de su cultura—. Se usa para la masturbación, la violación, la excresión de orina, la dispersión de celulas reproductoras, el fortalecimiento de la identidad social, el dominio falocentrico, ritos como la circunsicion… —y Truhll lo dejó enumerar, mientras parecía que el deseo se apagaba un poco y la tersura temporal en sus relaciones se volvía aspera de nuevo.

—¡Detente! —suplicó entre risitas—. Eres increible. Lo diré de otro modo. ¿Prefieres entrar en mi cuerpo o que yo entre en el tuyo?

A eso no pudo responder el erudito, porque ninguna de esas preguntas había sido planteada en las crónicas, ningun viajero se lo preguntó, no fue nunca un caso de estudio. Decir “no lo sé” era doloroso. Y “decide tú”, una tortura.

—Entiendo —Truhll lo hacía. Brehss no tenía que decir las cosas. Con su amplia experiencia en humanos, cada gesto que pasó por el rostro del erudito, cada expresión que contrajo su ceño, apretó sus labios y apagó el rubor de sus mejillas fue bien intepretado.

El demonio que todo lo sabía, estudioso y aplicado, no era partidario de ignorar cosas. Trullh se dio cuenta de que era un error preguntarle; mejor era mostrarle, despacio, de que se trataba esa forma de amor, de disfrutar, pasarla bien y complacerse el uno al otro.
Para el inexperto Brehss, aquello era cuestión biólogica, pero los humanos pensaban en cualquier cosa, menos en la biología cuando intercambiaban actos sexuales—. Permíteme mostrarte algo para empezar y si deseas, después puedo agregar otros ejemplos.

Se incorporó hasta quedar casi sentado, a horcajadas sobre las piernas extendidas de su compañero. Con una mano se tomó firmemente y con la otra, aseguro un agarre que hizo que Brehss se retorciera, cerrara los ojos y aferrara las sabanas en puños. No hacía falta más humedad que la que ya había para que las dos manos de Truhll se deslizaran por los miembros erguidos, al principio fuerte y con lentitud y a medida que los gemidos de ambos aumentaban y la espalda de Brehss permanecía más tiempo curvada que plana, los ascensos y descensos aceleraban hasta alzanar la erratica velocidad de un ave desorientada.

—¡Tocame, Brehss! —Susurró Truhll, gimiendo, mirando desde lo alto a su compañero tendido. Aquel no sabía como, pero se las arregló para tocar aquellas partes del cuerpo de Truhll que parecían atractivas, como su pecho voluminoso, sus caderas inquietas y los músculos tensos de sus brazos. Deslizó la mano lo más alto que pudo, incluso sacrificó la otra para incorporarse un poco y rozar los labios enrojecidos, húmedos y sensuales.

Algo le impelía a querer adentrarse en Truhll, quería meter los dedos, la lengua o lo que fuera en cualquier parte del otro, cualquier acceso estaba bien. Al rozar su lengua con las puntas de dos dedos, Truhll succionó, lamió y siguió chupando, lo que los llevó lejos de toda cordura. El éxtasis hizo que todo desapareciera durante los breves instantes en la cima y Brehss tuvo tiempo de bajar un poco antes, para contemplar asombrado, la gloria del placer en el rostro de Truhll. Una fuente de gotitas casi transparentes se derramó sobre su vientre y pecho y a cada gota, un sonido increible y caliente, con una gran sonrisa.

Brehss se dio cuenta de lo hermoso que era Truhll, incluso en ese cuerpo humano tan pálido y delgado, tan pequeño. Faltaban las grandes astas, el intrincado patrón negro y rojizo de su piel brillante y luminosa cubierta de hermoso pelo sedoso. Faltaban sus fulgurantes ojos y el poder que irradiaba cuando iba por doquier como si todo le perteneciera, con esa galanura que se revelaba incluso estando húmedo, con el cabello sobre la frente adherido por el sudor, con los ojos casi cerrados y el semblante cansado, pero sonriente. Era lo más bello que vió jamás.

Truhll quiso bajarse de su temporal montura apenas recuperó la respiración.

Si bien, cada vez que tuvo contacto con terrestres, disfruto de la continuación del cortejo, no creía que Brehss apreciara más de su contacto. Lo más seguro es que a pesar del placer que le había mostrado, todavía considerara todo el acto sucio y primitivo.

También Trullh tuvo que superar el desconcierto inicial de intercambiar tantos diferentes fluidos con el únido objetivo de hacer estallar el mecanismo de clímax. Después de tanto tiempo interactuando con humanos, aquello era de lo más normal para él.

Pero sabía que era una excepción de la regla.

Los demonios no se reproducían de esa manera.

Ni siquiera tenían distinción hembra o macho. Cada demonio era capaz de copiarse a sí mismos una vez que alcanzaban un buen tamaño, pero no era algo agradable. En general, los demonios solían dejarlo para el final de sus largas vidas, aunque algunos parecían no pasarlo tan mal y podían hacerlo más de una vez. La mayoría sufría del terrible debilitamiento que incluso podía llevarlos al final, cosa que ya no importaba, pues ya tenían una copia que ocupaba su lugar y la población se mantenía estable.

—Espera…— susurró el demonio tendido, interrumpiendo la deriva de pensamientos de Truhll. Brehss tenía los ojos cerrados, así como un bienestar distribuido en todo el cuerpo, muy dificil de cuantificar, pero en pocos minutos echo en falta el peso, el calor y la cercanía apenas el otro demonio se apartó—. No te vayas.

Truhll sonrió enternecido, después de todo, iba a poder disfrutar de las fases finales del cortejo humano, cuando el fuego se apaga lentamente y queda, si sale bien, una proximidad muy agradable, un sueño relajado y una quietud compartida, inigualable. En el tono calmo de la voz del erudito no había rastro de desprecio ni hostilidad. Una breve petición, la simpleza de un deseo natural de contacto despues de cruzar juntos un apasionado torbellino de pasiones. Truhll no tenía que pensarlo, se tendió al costado del demonio erudito que esa noche había aprendido un poco más sobre la experiencia humana.

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