Una Eternidad sin tí: Capítulo 3

Saga Éonios Una eternidad sin tí Capítulo III – Amigos

 Agosto, 2009
—¿Cuánto tiempo vamos a caminar? —Andreas Mundi expresó sus dudas con un mohín en el rostro de franca repugnancia. Mientras se colocaba su mochila de excursionista, recien comprada, caminó por el mirador para contemplar la extensión verde que cubría el horizonte en todas direcciones.
El sol recién apareció media hora antes, casi al mismo tiempo que el grupo de amigos llegó a bordo de dos lujosas camionetas; la de Alonso Mundi, su hermano mayor y la de Ricardo Pleiter.
El estacionamiento era una amplia explanada ubicada en la falda de la montaña más próxima al bosque. Un mirador orientado al norte, cuya barda de roca bordeaba casi doscientos metros y daba al espectador la oportunidad de contemplar la enorme herradura que rodeaba el valle de Hectriam.
Un río brillaba como la plata limpia, iluminado por el sol recién nacido; cortaba de este a oeste aquella inmensidad, apenas a unos kilómetros del mirador. De entre los árboles ascendían constantes vapores de niebla aperlada que el viento soplaba sobre las copas de cientos de pinos y dispersaba después fácilmente.
Hacía mucho frío. Andreas se estremeció al pensar en adentrarse en aquél sitio oscurecido por las copas de los árboles. Era como un animal maligno, moviéndose en sueños, respirando dormido. Para nada quería ir y despertarlo.
Javier Montrreal escuchó su queja y le dirigió una mirada de velado reproche, pero guardó silencio. No estaba en su naturaleza de artista confrontar a nadie, a menos que tuviera buenos motivos para hacerlo.
Ricardo también escuchó. Por el contrario, él no tenía reparo en expresarse.
—Un mes al menos, princesita —dijo con tono seco y voz muy baja, para que Alonso no escuchara.
Ninguno parecía feliz cuando Alonso decidió, a último minuto, llevar a su hermano. La perspectiva de pasar un mes juntos empeoraba el mal humor de todos, cuando en otros años, en ese punto, todo era risas y bromas.
Ese año decidieron salir del país e ir al norte, a la Reserva Boscosa de Hectriam, un viaje por varios años aplazado.
Alonso Mundi, Javier Montrreal y Ricardo Pleiter fueron amigos, casi hermanos, desde que iban al jardín de niños. Algunos años compartieron grado, otros estuvieron en grupos diferentes. Al llegar a la Universidad cada uno escogió un área de estudio distinta, pero su amistad era a prueba de balas.
Alonso Mundi estaba terminando una especialidad en psiquiatría. 
Ricardo Pleiter era químico y dirigía la fábrica de embutidos de su padre. Además cursaba una maestría en negocios.
Javier Montrreal era músico, el más gentil de los tres, en opinión de Andreas. 
Daba clases de piano, era profesor en una escuela de monjas y a veces daba recitales.
“Al menos” pensaba “Javier tiene educación, cosa que no tiene el patán de Ricardo por mucho dinero que gane”.
Los tres amigos y algún agregado ocasional, que nunca había sido Andreas, pasaban un mes de camping cada dos años, desde que pudieron sacarse de encima la supervisión familiar. Estaban más que entusiasmados de comenzar. 
O lo estarían si no estuviera con ellos” , pensó, sintiendo su ánimo caer un poco más.
Ricardo era el que menos aprecio le tenía. Con frecuencia lo criticaba con encono por su falta de enfoque en la vida. Desde niños fue su blanco de ataque favorito. Simplemente, Andreas nunca fue bueno lo suficiente para Ricardo, hiciera lo que hiciera.
Alonso tenía la esperanza de que pasar un mes con su hermano no sería tan malo para sus amigos, a fin de cuentas todos crecieron juntos. Si bien fueron impacientes y severos con el niño, ya todos eran adultos. Tal vez, solo tal vez, un tiempo fuera ayudaría a su hermano a encontrarse a sí mismo y a ellos, a conocerlo.
Y de todos modos no tenía alternativa. Dejarlo tanto tiempo solo en el departamento que compartían no le parecía una buena idea para nada, dado el comportamiento destructivo de Andreas.
En el estacionamiento solo había otro auto, quizás del guardabosques. 
Cerraron las camionetas, las cubrieron y entraron a la oficina de la guardia forestal para registrar su excursión y dejar aviso de su ruta, en caso de algo inesperado ocurriera. 
El valle de Hectriam tenía fama de ser peligroso para los excursionistas inexpertos. 
Ninguno de ellos lo era, a excepción de Andreas, pero Alonso confiaba en que entre los tres podrían compensar esa falta de experiencia.
Se contaban de aquellas tierras, desde la Edad Media, leyendas sobre maldiciones y peligros. Sin dar crédito a lo sobrenatural, Alonso, al contemplar el imponente tamaño de aquel valle, pensaba que había un punto válido en todo aquello.  Los bosques eran tan grandes que desaparecer ahí no era algo del todo increíble.
—¿Estás bien? —preguntó Alonso en voz baja, mientras los otros dos se adelantaban unos metros. Acomodó las correas frontales de la mochila de su hermano, asegurando bien el broche de seguridad. Andreas lo miró elevando un poco el rostro y se forzó a sonreír. 
No era como si fuera culpa de Alonso tener por amigos a ese par de idiotas desde que tenía cinco años.
—¡Sin problema! —dijo, sonriendo de lado. Si no fuera por la madre de ambos, que tuvo la buena idea de compartir sus temores con Alonso, para convencerlo de que era peligroso dejarlo solo, él podría estar en cualquier lugar del mundo, menos ahí.
—Escucha Andy —dijo Alonso seriamente. Andreas suspiró; “ahí viene la charla”, pensó—. Este bosque es más grande que cualquiera que hayamos cruzado antes. Son muchos kilómetros y eso es nada más en el área conocida. Ahora, nosotros queremos unos kilómetros pasando el río, donde dicen que hay ruinas. No te separes de mí, ¿Vale? 

Andreas se arrancó de los cuidados de su hermano. Veinticinco años y todos a su alrededor insistían en tratarlo como a un niño.

—¡Sé cuidarme, gracias! —espetó y echó a andar, siguiendo a los otros que ya estaban en la escalinata de roca que los bajaría directamente al mar de coníferas. Alonso lo alcanzó un par de metros adelante, no se veía feliz, pero al menos no lo miraba como bicho.
—Lo sé —. De toda la gente que alrededor de Andreas pensaba que era un perdedor, Alonso era quien menos lo molestaba con eso. Ni estaba todo el tiempo encima de él, aunque eso era, tal vez, porque apenas si dormía. El trabajo y la especialidad que cursaba lo tenía saturado. Pero el caso era ese. Si Andreas sentía respeto por parte de alguien, era de su hermano—. Pero seamos sinceros, no tienes experiencia en esto. Solo, ten paciencia  con ellos. Saben mucho, son buenos senderistas y te ayudarán. Lo personal no tiene cabida ahí dentro. A partir de este momento somos un equipo y estamos juntos en las buenas y en las malas para…
Andreas se desconcentró en ese punto. Siempre le ocurría; Alonso, Ricardo, su papá o el entrenador en la secundaria comenzaban a darle la charla y su concentración duraba más o menos un minuto y medio. Su mente huía entonces y ni siquiera él sabía dónde iba. 
Regresó cuando recibió un empujón de Alonso.
—¡Pon atención! —Lo regañó—. ¡Ahí dentro no te atrevas a distraerte de esa forma! —terminó y se alejó. 

“Ten suerte con eso, hermano”,
 pensó Andreas. Siguió a los hombres que ya descendían siete tramos de escalones excavados en la roca para llegar al ras del suelo en aquél bosque.
Los ánimos de los cuatro hombres avanzaron en direcciones contrarias durante la jornada. Mientras que los tres senderistas cada vez se ponían más contentos, Andreas estaba taciturno y silencioso.
Sus pensamientos como de costumbre, vagaban por un rato, regresaba al presente, miraba donde estaba y pronto se disolvía en una cascada de pensamientos diversos, recuerdos, fantasías, ideas. 
Ninguna especialmente alegre.
Esa primera mañana Ricardo, que iba detrás de él, lo regañó por distraerse, por caminar demasiado lento o demasiado rápido, por no atender a la instrucción del guía, que era Alonso, por estornudar, por beber agua, por espantar a las aves estornudando y por tener ganas de orinar.

Puedes leerla aquí: Una eternidad sin ti

 

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