OneShot Truhll / Brehss |Matar a navidad

El tintineo de llaves rompio la paz del departamento de Camaiore. Tres hombres altos entraron. El primero encendió la luz e invitó con un gesto a los otros dos.

—Pasen. Aqui podemos quedarnos el tiempo necesario. Pertenece a los vigilantes.

—¿Tienen muchos departamentos como este? —Alejandro, acostumbrado como estaba a los lujos y los privilegios, no se sintió particularmente entusiasmado. Estaba reventado de cansancio, como si por primera vez en la vida, hubiera tenido una jornada extenuante.

—No. No somos tantos. Apenas un par de docenas esparcidos por el mundo; no cuidamos ni somos responsables de nada, solo vigilamos lo que ocurre, más por nuestros propios intereses que el de los demás —dijo Trullh al tiempo que guiaba a Alejandro a una habitación. El hombre no dijo más, apenas hizo un gesto de despedida, entró y cerró la puerta. No lo escucharon más.

Brehss, por otra parte, permaneció indeciso, apenas dos pasos dentro del departamento.
Sus experiencias humanas lo tenían abrumado. Alejandro optó por decir que su “amigo” sobrevivió con un accidente de motocicleta para explicar su comportamiento extraño.

El demonio, en su cuerpo humano, no era capaz de cerrar la boca, literalmente. Todo le causaba tanto asombro que su saliva escurría con frecuencia, ignoraba las cosas simples que Truhll y Alejandro daban por sentadas. Los controles de acceso sensibles al metal le provocaron miedo y cuando abandonaron la tierra para deslizarse por los aires, gritó, alarmando al personal de vuelo.

—¿Te sientes más tranquilo? —preguntó con suavidad—. Aquí estaremos seguros.

—No lo sé. Esto es tan diferente a lo que yo creía saber de los terrestres.

De la mano, Truhll lo llevó a través del lugar. En la cocina lo hizo beber dos vasos con agua. “Los humanos dependen totalmente de la ingesta de este elemento. Este cuerpo no resistira si careces de ella”. Lo condujo después a una habitación pequeña, en la que, después de algunas detalladas instrucciones, pudo liberarse de sus desechos, que le parecieron desagradables, pero que a fin de cuentas, pensó, todas las formas de vida basadas en el carbono, excretan a su modo, algunos peores que otros.
Quince minutos despúes lo hizo entrar a través de una puerta más. Era identica a la que se tragó a Alejandro antes. Gracias a su extensa investigación sobre la vida en la tierra, Brehss no se encontraba del todo descolocado.

Conocía bastante sobre los procesos biológicos del hombre, hábitos, necesidades y costumbres. Sabía que comer, dormir y limpiarse eran cosas de las que tendría que ocuparse. No era tan diferente de su propia especie.

Pero si lo era al experimentarlo.

Trullh lo llevó con gentileza y con esa eterna expresión suya de cordialidad, a tomar asiento en la cama. A su lado, comenzó a desvestirse despacio, mostrando lentamente el proceso para que Brehss pudiera seguirlo. Se quitó la camisa y otra prenda que llevaba debajo. El torso desnudo y moreno llamó poderosamente la atención de Brehss que, asombrado, abrió la boca, miró hacia abajo, levantó la mirada con los ojos abiertos a más no poder y exclamó.

—¡Tengo una erección!

Truhll sonrió.

—Sucede todo el tiempo. En estos cuerpos es una constante —. Sin embargo, no le prestó más antención. Se quitó los zapatos y por último los pantalones.

Olfateando sus biceps, arrugó la nariz.
—Lo más difícil para mi es el olor. Pero si te aseas con frecuencia no representa un gran problema —. Truhll tomó una toalla de entre otras apiladas en un mueble y se dirigió al único baño del departamento. Brehss no podía dejar de mirar la manera como se movía. Los humanos eran más pequeños que los demonios, carecían casi por completo de vello, excepto en ciertas zonas y era abundante e hirsuto, los colores apagados de su piel los hacían menos agradables a la vista. Pero seguían siendo aceptables.
Afortunadamente no eran como esas criaturas viscosa, moradas y con apendices irregulares emergiendo de sitios indefinibles que habitaban otros mundos.
Repitió el proceso aprendido, se liberó de las prendas tal y como su compañero lo hizo y tomando uno de los géneros disponibles, que al tacto resultaba suave, siguió a Brehss. Al cruzar la puerta del baño, se encontró con que aquél permanecía de pie, bajo de una aspersión de agua y vapor, por efectos de la adhesion y de la gravedad, ondulantes rios sepenteaban de la cabeza a los pies creando un efecto visual atractivo.

—¿Por qué tú no tienes una erección?

Truhll abrió los ojos, sorprendido y divertido con la pregunta. En efecto, mientras su miembro descansaba relajado, el de Brehss se mantenía erguido y palpitante. Se encogió de hombros, para continuar con su baño, pero al cabo de pocos minutos, al percatarse de que el otro demonio no dejaba de observarle detenidamente, le hizo un gesto con la mano, una invitación para acercarse.

Una ruidosa aspiración y la primera gran sonrisa en toda su breve vida humana al sentir las gotas de agua caliente sobre la piel, complacieron mucho al experimentado Truhll.

—El placer es una parte muy importante de la vida humana, amigo. Del placer depende en gran medida la supervivencia de la especie. Lo que acabas de experimentar.

Las pupilas del nuevo humano se dilataron. Su respiración sufrió un quebranto que no era del todo desagradable y dado que las miles de señales sensoriales le habían vuelto loco todo el día, aquel calor, el jadeo que sintió en su pecho, la boca repentinamente seca a pesar de estar bajo el agua y ese cosquilleo en las manos que no era otra cosa sino la urgencia de tocar al cuerpo más cercano, no pudo clasificarlas como su libido emergiendo. Truhll, compasivo y generoso como era, pendiente de lo que pudiera necesitar su compañero y más divertido de lo que debería estar, dadas las circunstancias que lo llevaron a convivir tanto tiempo con el demonio más hostil de todos con los que solía tratar, le tomó de los hombros y los hizo girar.

—Te ayudaré a lavarte. Te va a gustar.

Llenó sus manos de jabón y con una esponja sintética color de rosa trazó los contornos del cuerpo caliente frente a él. Brehss cerró los ojos al sentir, deslizandose por sus hombros, cuello y pecho la tersura del jabón y la presión de la mano de Truhll. El agua caliente ya era increible por si misma, estimulando su piel, palmo a palmo.

La proximidad del cuerpo de su compañero en la espalda, el calor, el roce de pieles y esa maldita mano suya llena de espuma crearon una reacción en cadena que terminó en un estallido que redujo su visión a un solo instante de inigualable blancura. Todo cuanto pensó que era increible de los seres humanos se opacó ante el portentoso primer clímax de su incipiente humanidad.

Escuchó la risa de Truhll detrás. No era necesario que le explicara que eso había sido un orgasmo. El erudito lo sabía bien. Pero hay una gran diferencia entre la teoria y la práctica del placer.

Truhll sostuvo su miembro extra sensible en una mano, aún erguido. Lo llenó de jabón y frotó, sus labios se deslizaron cercanos a la yugular estremecida, que exclamaba latidos desbocados de un corazón, aprendiz del deseo.

—¿Quieres que te muestre una de las mejores cosas de ser humano?

Brehss solamente dijo que si con un estremecimiento y con un jadeo. Truhll lo hizo girar en sus brazos y al verse encerrado en ellos, el cúmulo de sensaciones casi lo lanza por el borde otra vez.

—¡Sh! ¡Tranquilo! Respira profundo o no te dará tiempo de disfrutarlo realmente. Salgamos.
Desnudos como estaban, apenas cubiertos por las toallas y con los cabellos escurriendo se apresuraron a la habitación. El calor en su cuerpo, en su respiración hacía dificil pensar en otra cosa.

Al cerrar la puerta, Truhll sostuvo su cabeza entre sus manos y condujo sus labios a los de Brehss

—Esto es un beso —anticipó el erudito, pero no pudo decir mucho más. Aquello se parecía a las tormentas de relampagos del Eden, la tierra custodiada por los centinelas de An desde tiempos remotos, de la epoca en la que cosecharon sus primeros éxitos científicos y antes de que tuvieran que abandonarlo todo debido a sus fracasos en la tierra.

Sensaciones electrizantes que lo hacían sentir mareado nacían en el punto de contacto, los labios suaves de Truhll incendiaban, vibraban y cuando esos labios de fuego dejaron sus labios para recorrer su mentón y un poco más abajo, el cuello y sus hombros, el pobre Brehss no tuvo más pensamientos, no retuvo el nombre de las partes del cuerpo, ni lo que sabía del apareamiento humano ni mucho menos la pregunta de porque ellos estaban haciendo eso si se suponia que para procrear era necesario un miembro de cada género, una hembra, un macho, un cromosoma X y uno Y.
Se sintió depositado en el lecho suave de cobertura sedosa, las gotas de agua aún se deslizaban por la piel de Trullh y caían directo sobre su cuerpo, porque el otro demonio decidió que estaba bien encima, tendido sobre Brehss, hacíendo que todas sus partes o al menos la mayoria, frotaran las suyas. ¡Que sublime experiencia! ¡Que vertiginosa necesidad de precipitarse a toda velocidad en quien sabe que dirección, siempre y cuando fuera el otro demonio caliente, que ostentaba ya una erección tan grande como la suya. De cuando en cuando, al rozarse, arrancaban los más hondos suspiros y las quejas de placer el uno al otro.

—¿Tienes alguna curiosidad en mente? —susurró el demonio embajador contra los labios relajados y entreabiertos de Brehss, receptivos a todo cuanto quisiera hacerles. Y Trullh sabía estimularlos de mil formas distintas, que borraban todo de la mente de Brehss.

El acto de apareamiento humano era la cosa más sucia, de acuerdo a sus anteriores conclusiones. Los humanos eran ríspidos, primitivos, tendían a la violencia y parecían tener una actitud de resistencia ante la paz. Eran esencialmente guerreros, dominadores y destructivos. Sus apareamientos eran iguales, por lo que las crónicas decían y si bien, se mencionaba el placer como factor desencadenante de todo evento con fines reproductivos y también que no todos los coitos terminaban en gestaciones, nada, jamás, lo preparó para tales vivencias sensoriales.

No. Brehss no tenía alguna curiosidad.

Estaba atónito.

Y Truhll lo sabía. Sostuvo en su mano derecha la dura expresión del deseo del demonio erudito, con la otra se sostenía para no dejar caer todo su peso sobre el principiante. Cada caricia, cada largo recorrido a través de los caminos de piel suave eran un maldito infierno de sensaciones. Era lento, suave y constante. Lo estaba sacando de control con rapidez, si es que Brehss podía llamar control a no gritar y estremecerse.

—¿Sabes cual es el uso que los hombres dan a este particular apendice?
Brehss lo sabía teóricamente, nada más. De todos modos, un repunte de orgullo le hizo fruncir el ceño y experimentar un estrechamiento en su vientre, un sabor amargo y un malestar que menguó su deseo.

—No te enojes, no te estoy llamando ignorante. Eres un erudito, lo sé. Lo que quiero saber es si sabes especificamente de que maneras lo usan, además de la reproducción.

—¡Por supuesto! —y comenzó a enumerar una lista de prácticas, que si bien no se relacionaban bien unas con otras, daban idea de lo extensa de su cultura—. Se usa para la masturbación, la violación, la excresión de orina, la dispersión de celulas reproductoras, el fortalecimiento de la identidad social, el dominio falocentrico, ritos como la circunsicion… —y Truhll lo dejó enumerar, mientras parecía que el deseo se apagaba un poco y la tersura temporal en sus relaciones se volvía aspera de nuevo.

—¡Detente! —suplicó entre risitas—. Eres increible. Lo diré de otro modo. ¿Prefieres entrar en mi cuerpo o que yo entre en el tuyo?

A eso no pudo responder el erudito, porque ninguna de esas preguntas había sido planteada en las crónicas, ningun viajero se lo preguntó, no fue nunca un caso de estudio. Decir “no lo sé” era doloroso. Y “decide tú”, una tortura.

—Entiendo —Truhll lo hacía. Brehss no tenía que decir las cosas. Con su amplia experiencia en humanos, cada gesto que pasó por el rostro del erudito, cada expresión que contrajo su ceño, apretó sus labios y apagó el rubor de sus mejillas fue bien intepretado.

El demonio que todo lo sabía, estudioso y aplicado, no era partidario de ignorar cosas. Trullh se dio cuenta de que era un error preguntarle; mejor era mostrarle, despacio, de que se trataba esa forma de amor, de disfrutar, pasarla bien y complacerse el uno al otro.
Para el inexperto Brehss, aquello era cuestión biólogica, pero los humanos pensaban en cualquier cosa, menos en la biología cuando intercambiaban actos sexuales—. Permíteme mostrarte algo para empezar y si deseas, después puedo agregar otros ejemplos.

Se incorporó hasta quedar casi sentado, a horcajadas sobre las piernas extendidas de su compañero. Con una mano se tomó firmemente y con la otra, aseguro un agarre que hizo que Brehss se retorciera, cerrara los ojos y aferrara las sabanas en puños. No hacía falta más humedad que la que ya había para que las dos manos de Truhll se deslizaran por los miembros erguidos, al principio fuerte y con lentitud y a medida que los gemidos de ambos aumentaban y la espalda de Brehss permanecía más tiempo curvada que plana, los ascensos y descensos aceleraban hasta alzanar la erratica velocidad de un ave desorientada.

—¡Tocame, Brehss! —Susurró Truhll, gimiendo, mirando desde lo alto a su compañero tendido. Aquel no sabía como, pero se las arregló para tocar aquellas partes del cuerpo de Truhll que parecían atractivas, como su pecho voluminoso, sus caderas inquietas y los músculos tensos de sus brazos. Deslizó la mano lo más alto que pudo, incluso sacrificó la otra para incorporarse un poco y rozar los labios enrojecidos, húmedos y sensuales.

Algo le impelía a querer adentrarse en Truhll, quería meter los dedos, la lengua o lo que fuera en cualquier parte del otro, cualquier acceso estaba bien. Al rozar su lengua con las puntas de dos dedos, Truhll succionó, lamió y siguió chupando, lo que los llevó lejos de toda cordura. El éxtasis hizo que todo desapareciera durante los breves instantes en la cima y Brehss tuvo tiempo de bajar un poco antes, para contemplar asombrado, la gloria del placer en el rostro de Truhll. Una fuente de gotitas casi transparentes se derramó sobre su vientre y pecho y a cada gota, un sonido increible y caliente, con una gran sonrisa.

Brehss se dio cuenta de lo hermoso que era Truhll, incluso en ese cuerpo humano tan pálido y delgado, tan pequeño. Faltaban las grandes astas, el intrincado patrón negro y rojizo de su piel brillante y luminosa cubierta de hermoso pelo sedoso. Faltaban sus fulgurantes ojos y el poder que irradiaba cuando iba por doquier como si todo le perteneciera, con esa galanura que se revelaba incluso estando húmedo, con el cabello sobre la frente adherido por el sudor, con los ojos casi cerrados y el semblante cansado, pero sonriente. Era lo más bello que vió jamás.

Truhll quiso bajarse de su temporal montura apenas recuperó la respiración.

Si bien, cada vez que tuvo contacto con terrestres, disfruto de la continuación del cortejo, no creía que Brehss apreciara más de su contacto. Lo más seguro es que a pesar del placer que le había mostrado, todavía considerara todo el acto sucio y primitivo.

También Trullh tuvo que superar el desconcierto inicial de intercambiar tantos diferentes fluidos con el únido objetivo de hacer estallar el mecanismo de clímax. Después de tanto tiempo interactuando con humanos, aquello era de lo más normal para él.

Pero sabía que era una excepción de la regla.

Los demonios no se reproducían de esa manera.

Ni siquiera tenían distinción hembra o macho. Cada demonio era capaz de copiarse a sí mismos una vez que alcanzaban un buen tamaño, pero no era algo agradable. En general, los demonios solían dejarlo para el final de sus largas vidas, aunque algunos parecían no pasarlo tan mal y podían hacerlo más de una vez. La mayoría sufría del terrible debilitamiento que incluso podía llevarlos al final, cosa que ya no importaba, pues ya tenían una copia que ocupaba su lugar y la población se mantenía estable.

—Espera…— susurró el demonio tendido, interrumpiendo la deriva de pensamientos de Truhll. Brehss tenía los ojos cerrados, así como un bienestar distribuido en todo el cuerpo, muy dificil de cuantificar, pero en pocos minutos echo en falta el peso, el calor y la cercanía apenas el otro demonio se apartó—. No te vayas.

Truhll sonrió enternecido, después de todo, iba a poder disfrutar de las fases finales del cortejo humano, cuando el fuego se apaga lentamente y queda, si sale bien, una proximidad muy agradable, un sueño relajado y una quietud compartida, inigualable. En el tono calmo de la voz del erudito no había rastro de desprecio ni hostilidad. Una breve petición, la simpleza de un deseo natural de contacto despues de cruzar juntos un apasionado torbellino de pasiones. Truhll no tenía que pensarlo, se tendió al costado del demonio erudito que esa noche había aprendido un poco más sobre la experiencia humana.

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Esclavo

Cierra los ojos. Imagina por un momento que alguien tomara toda tu vida y se declarara dueño de ella. Has perdido tu capacidad de decidir, de curso y de acción. Puedes ser utizado de la forma que quien se declara tu dueño, prefiera. Eres un objeto, una cosa. No importan tus sueños, tus deseos, tus sentimientos.

Sirves para servir.

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Ilustraciones de la maravillosa Mar Espinosa

Si te aterra esta imagen, abre los ojos y agradece que era solo un mal pensamiento. Pero para muchas personas en el mundo, ese escenario es la realidad que enfrentan.  Miles de personas alimentan uno de los negocios más lucrativos junto con el tráfico de drogas y la venta de armas; es el comercio humano.

La historia te lanzará a los pies de esa realidad terrible. Daniel Lara eres tú y vivirás el terror y el horror de un secuestro.
¿Y cuando no todo es tan malo? ¿Cuando en el infierno conoces un estrato de tu persona que jamás imaginaste? ¿Cómo permanecer intacto ante un sisma de tal magnitud?

“Esclavo” lleva arrastra la reflexión y la emocion, el sentimiento, la empatía y los lleva profundo, a donde quizas no te atreviste a ir antes. Tal vez por que no sabías que tales abismos existian.

No es un romance, pero el amor y la amistad siempre están presentes.

Puedes leerlo aqui: “Esclavo” 

 

Una de las más grandes satisfacciones que esta historia ha traído a mi vida, es la consciencia de que los lectores en general, se ven forzados a hacer una pausa, grande o pequeña, pero definitiva. Deben detenerse y reflexionar, cuestionar sus propios valores y tomar una decisión. La mayor parte de lectores, por los cuales yo me siento absolutamente privilegiada, se han visto obligados a ello y me lo comentan con mucha frecuencia. Sé que se ven arrastrados a una voragine; pueden experimentar miedo, ansiedad, lujuria, admiración, pueden encontrarse a si mismos perdonando a quien en principio no deberían perdonar.
Por eso es que esta historia marca un antes y un después en mi vida. Tiene seis veces mejor respuesta que cualquier otra. Podría ser el título y la portada los responsables de esa respuesta. No puedo asegurarlo.

Pero de verdad lo agradezco.

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Mi madre me peinaba y comenzaba el terremoto 1985

Veiamos la televisión. ¡Siempre con ese volumen tan alto! ¡Tan molesto! Doloroso como el ritual diario de desenredar mi cabello.

Mi madre me dijo que salieramos al patio — pero no me dijo que el terremoto había comenzado, con ese afán extraño que tienen algunas madres de proteger a sus hijos de la realidad evidente — y mientras caminabamos hacía el patio el mundo dejo de estar quieto. Continue reading “Mi madre me peinaba y comenzaba el terremoto 1985”

Libro 1 | Ba´wa

Fernando es un hombre simple, no manifiesta ningun talento en particular, tiene un trabajo, que le permite vivir y pagar sus servicios y con poca frecuencia visita a su madre.

Lo mejor que Fernando tiene en la vida, es su novio; Josué. Fernando se siente privilegiado por el hecho de tener en su vida a un hombre tan maravilloso, al menos a él le parece así.

Y entonces, Josué tiene que viajar a Sonora, para cumplir un encargo personal de su padre. Aprovecha para llevar a Fernando y darse la oportunidad de estar solos; un memorable viaje que marcará el inicio de una etapa nueva en su vida de pareja. Al regreso, se mudarán juntos.

Al cruzar el desierto, el auto donde viajan sufre un grave desperfecto. En medio de la nada, Josué, con su caracteristica y excesiva confianza, decide ir a pedir ayuda y deja a Fernando atrás.

Así comienza la aventura de Fernando, el viaje que le lleva a conocer la verdad de si mismo, su origen y lo más importante, su destino.

Ba´wa
Fantasía urbana paranormal con raíces mexicanas y hojas de colores. Homoerótica.

Por un minuto a tu lado

Una Eternidad sin tí: Capítulo 3

Saga Éonios Una eternidad sin tí Capítulo III – Amigos

 Agosto, 2009
—¿Cuánto tiempo vamos a caminar? —Andreas Mundi expresó sus dudas con un mohín en el rostro de franca repugnancia. Mientras se colocaba su mochila de excursionista, recien comprada, caminó por el mirador para contemplar la extensión verde que cubría el horizonte en todas direcciones.
El sol recién apareció media hora antes, casi al mismo tiempo que el grupo de amigos llegó a bordo de dos lujosas camionetas; la de Alonso Mundi, su hermano mayor y la de Ricardo Pleiter.
El estacionamiento era una amplia explanada ubicada en la falda de la montaña más próxima al bosque. Un mirador orientado al norte, cuya barda de roca bordeaba casi doscientos metros y daba al espectador la oportunidad de contemplar la enorme herradura que rodeaba el valle de Hectriam.
Un río brillaba como la plata limpia, iluminado por el sol recién nacido; cortaba de este a oeste aquella inmensidad, apenas a unos kilómetros del mirador. De entre los árboles ascendían constantes vapores de niebla aperlada que el viento soplaba sobre las copas de cientos de pinos y dispersaba después fácilmente.
Hacía mucho frío. Andreas se estremeció al pensar en adentrarse en aquél sitio oscurecido por las copas de los árboles. Era como un animal maligno, moviéndose en sueños, respirando dormido. Para nada quería ir y despertarlo.
Javier Montrreal escuchó su queja y le dirigió una mirada de velado reproche, pero guardó silencio. No estaba en su naturaleza de artista confrontar a nadie, a menos que tuviera buenos motivos para hacerlo.
Ricardo también escuchó. Por el contrario, él no tenía reparo en expresarse.
—Un mes al menos, princesita —dijo con tono seco y voz muy baja, para que Alonso no escuchara.
Ninguno parecía feliz cuando Alonso decidió, a último minuto, llevar a su hermano. La perspectiva de pasar un mes juntos empeoraba el mal humor de todos, cuando en otros años, en ese punto, todo era risas y bromas.
Ese año decidieron salir del país e ir al norte, a la Reserva Boscosa de Hectriam, un viaje por varios años aplazado.
Alonso Mundi, Javier Montrreal y Ricardo Pleiter fueron amigos, casi hermanos, desde que iban al jardín de niños. Algunos años compartieron grado, otros estuvieron en grupos diferentes. Al llegar a la Universidad cada uno escogió un área de estudio distinta, pero su amistad era a prueba de balas.
Alonso Mundi estaba terminando una especialidad en psiquiatría. 
Ricardo Pleiter era químico y dirigía la fábrica de embutidos de su padre. Además cursaba una maestría en negocios.
Javier Montrreal era músico, el más gentil de los tres, en opinión de Andreas. 
Daba clases de piano, era profesor en una escuela de monjas y a veces daba recitales.
“Al menos” pensaba “Javier tiene educación, cosa que no tiene el patán de Ricardo por mucho dinero que gane”.
Los tres amigos y algún agregado ocasional, que nunca había sido Andreas, pasaban un mes de camping cada dos años, desde que pudieron sacarse de encima la supervisión familiar. Estaban más que entusiasmados de comenzar. 
O lo estarían si no estuviera con ellos” , pensó, sintiendo su ánimo caer un poco más.
Ricardo era el que menos aprecio le tenía. Con frecuencia lo criticaba con encono por su falta de enfoque en la vida. Desde niños fue su blanco de ataque favorito. Simplemente, Andreas nunca fue bueno lo suficiente para Ricardo, hiciera lo que hiciera.
Alonso tenía la esperanza de que pasar un mes con su hermano no sería tan malo para sus amigos, a fin de cuentas todos crecieron juntos. Si bien fueron impacientes y severos con el niño, ya todos eran adultos. Tal vez, solo tal vez, un tiempo fuera ayudaría a su hermano a encontrarse a sí mismo y a ellos, a conocerlo.
Y de todos modos no tenía alternativa. Dejarlo tanto tiempo solo en el departamento que compartían no le parecía una buena idea para nada, dado el comportamiento destructivo de Andreas.
En el estacionamiento solo había otro auto, quizás del guardabosques. 
Cerraron las camionetas, las cubrieron y entraron a la oficina de la guardia forestal para registrar su excursión y dejar aviso de su ruta, en caso de algo inesperado ocurriera. 
El valle de Hectriam tenía fama de ser peligroso para los excursionistas inexpertos. 
Ninguno de ellos lo era, a excepción de Andreas, pero Alonso confiaba en que entre los tres podrían compensar esa falta de experiencia.
Se contaban de aquellas tierras, desde la Edad Media, leyendas sobre maldiciones y peligros. Sin dar crédito a lo sobrenatural, Alonso, al contemplar el imponente tamaño de aquel valle, pensaba que había un punto válido en todo aquello.  Los bosques eran tan grandes que desaparecer ahí no era algo del todo increíble.
—¿Estás bien? —preguntó Alonso en voz baja, mientras los otros dos se adelantaban unos metros. Acomodó las correas frontales de la mochila de su hermano, asegurando bien el broche de seguridad. Andreas lo miró elevando un poco el rostro y se forzó a sonreír. 
No era como si fuera culpa de Alonso tener por amigos a ese par de idiotas desde que tenía cinco años.
—¡Sin problema! —dijo, sonriendo de lado. Si no fuera por la madre de ambos, que tuvo la buena idea de compartir sus temores con Alonso, para convencerlo de que era peligroso dejarlo solo, él podría estar en cualquier lugar del mundo, menos ahí.
—Escucha Andy —dijo Alonso seriamente. Andreas suspiró; “ahí viene la charla”, pensó—. Este bosque es más grande que cualquiera que hayamos cruzado antes. Son muchos kilómetros y eso es nada más en el área conocida. Ahora, nosotros queremos unos kilómetros pasando el río, donde dicen que hay ruinas. No te separes de mí, ¿Vale? 

Andreas se arrancó de los cuidados de su hermano. Veinticinco años y todos a su alrededor insistían en tratarlo como a un niño.

—¡Sé cuidarme, gracias! —espetó y echó a andar, siguiendo a los otros que ya estaban en la escalinata de roca que los bajaría directamente al mar de coníferas. Alonso lo alcanzó un par de metros adelante, no se veía feliz, pero al menos no lo miraba como bicho.
—Lo sé —. De toda la gente que alrededor de Andreas pensaba que era un perdedor, Alonso era quien menos lo molestaba con eso. Ni estaba todo el tiempo encima de él, aunque eso era, tal vez, porque apenas si dormía. El trabajo y la especialidad que cursaba lo tenía saturado. Pero el caso era ese. Si Andreas sentía respeto por parte de alguien, era de su hermano—. Pero seamos sinceros, no tienes experiencia en esto. Solo, ten paciencia  con ellos. Saben mucho, son buenos senderistas y te ayudarán. Lo personal no tiene cabida ahí dentro. A partir de este momento somos un equipo y estamos juntos en las buenas y en las malas para…
Andreas se desconcentró en ese punto. Siempre le ocurría; Alonso, Ricardo, su papá o el entrenador en la secundaria comenzaban a darle la charla y su concentración duraba más o menos un minuto y medio. Su mente huía entonces y ni siquiera él sabía dónde iba. 
Regresó cuando recibió un empujón de Alonso.
—¡Pon atención! —Lo regañó—. ¡Ahí dentro no te atrevas a distraerte de esa forma! —terminó y se alejó. 

“Ten suerte con eso, hermano”,
 pensó Andreas. Siguió a los hombres que ya descendían siete tramos de escalones excavados en la roca para llegar al ras del suelo en aquél bosque.
Los ánimos de los cuatro hombres avanzaron en direcciones contrarias durante la jornada. Mientras que los tres senderistas cada vez se ponían más contentos, Andreas estaba taciturno y silencioso.
Sus pensamientos como de costumbre, vagaban por un rato, regresaba al presente, miraba donde estaba y pronto se disolvía en una cascada de pensamientos diversos, recuerdos, fantasías, ideas. 
Ninguna especialmente alegre.
Esa primera mañana Ricardo, que iba detrás de él, lo regañó por distraerse, por caminar demasiado lento o demasiado rápido, por no atender a la instrucción del guía, que era Alonso, por estornudar, por beber agua, por espantar a las aves estornudando y por tener ganas de orinar.

Puedes leerla aquí: Una eternidad sin ti

 

Nexßis

Serie Serpiente

La leyenda de la serpiente estelar

El Colibrí del sur, el Dios de la Guerra y la venganza de los originales de aquellas tierras, ordenó a los hombres dejar para siempre el Lugar de las garzas y viajar al sur.

No se detendrían hasta que encontraran la señal; a la señora del cielo, el águila real, devorando una serpiente, posada en una nopalera.

Para guiarlos y protegerlos de cualquier peligro viajó con ellos.
En su mano, el arma más poderosa de los dioses; La Serpiente Estelar, la misma que en sus manos se transformó en un hacha con la cuál mató a los Centzon Huitznahualos cuatrocientos, sus crueles hermanos para evitar el asesinato de Coatlicue, su madre.

La misma arma que descansaba en el cielo en forma de estrellas cuando El Colibrí del Sur no precisaba de ella.

Los hombres obedecieron. Dejaron todo atrás y viajaron largos años. Tantos, que en el camino los niños se convirtieron en hombres y las niñas en mujeres y después en madres.
Avanzaban lento; se iban para siempre, no había prisa por llegar.

El camino fue difícil para unos e imposible para otros; hombres y mujeres, con los años encima, se cansaban pronto. El cuerpo ya no podía seguir en búsqueda de la señal del Colibrí del Sur.

Cruzaron el Río Grande, con sus mujeres, hijos, animales y semillas, aquello minó la resistencia de los más viejos y se fueron quedando atrás.

El Colibrí del Sur no les prestó atención. Los tachó de indignos y siguió a la cabeza del contingente, avanzando lento, pero sin descanso.

La Serpiente Estelar, en cambio, tuvo compasión. No podía dejarlos, eran los ancianos. Sus hijos también se quedaban atrás, negándose a abandonarlos. Se retrasó intencionalmente mientras el pueblo elegido seguía adelante.

Cuando casi ya no se veía el polvo de los últimos hombres, tomó su forma animal, una serpiente de cuatro patas que terminaban en garras afiladas como las águilas y una cabeza semejante a la de los lagartos, con colmillos largos y afilados.

Su cuerpo emitía un resplandor ondulante, como el fuego y su mirada paralizaba.

Era la representación animal de la Serpiente Estelar; un dragón, aunque los hombres de esas tierras nunca la llamaron así.

Las familias, tristes y un poco asustadas, comenzaron a pensar cómo iban a sobrevivir por fuera de la protección de sus dioses. Discutiendo amablemente la mejor forma de organizarse, otros a propusieron sitios que habían visto, dónde guardarse en la noche inminente. Otros comenzaron a hacer lo inmediato para dar alimento a sus mujeres, niños y ancianos.

Algunos hombres se preocuparon en reunir materiales para poner techo sobre sus cabezas.

Uno de ellos, que no tenía esposa ni hijos, el más alto y fuerte de todos los jóvenes, intrépido y valeroso guerrero, tomó su cuchillo de pedernal y se apostó un poco alejado del grupo con el fin de defenderlo en caso de que algo quisiera atacarlos.

La noche caía sobre ellos. Todos se pusieron a trabajar en lo que cada quien creyó más importante, confiando su seguridad al cuidado del joven Guerrero. La oscuridad crecía. Los cielos eran claros, pero no había más luz que la de las estrellas.

Entre las matas, el Guerrero notó movimiento, algo muy grande que se deslizaba al ras del suelo rápido, como un relámpago zigzagueante.

Se acercó a revisar, con el cuchillo en la mano.

¡Y casi se cae al suelo del susto al comprobar la apariencia extraña de aquel animal!

Reconoció a la Serpiente Estelar por las historias y tuvo miedo. El Dios Colibrí se daría cuenta que había perdido su arma y volvería por ella.

Quiso alejarse y dejarla en paz, pero aquella majestuosa bestia llameante lo mantuvo quieto con el noble poder de su mirada.

El Guerrero se tranquilizó cuando supo, por la expresión bondadosa de la serpiente, que ella no les haría daño. En ese intercambio de miradas permanecieron, fascinados uno mirando al otro, porque a la serpiente le gustan los hombres, sobre todo, cuando son buenos y valientes.

Fue entonces cuando el Dios de la Guerra apareció, molesto, buscando su arma desaparecida. Al encontrarla en su forma de animal, haciendo caso omiso del hombre, la llamó a su mano. Ella hubiera acudido de inmediato en otro momento y en otro lugar. Pero ahí, en el desierto nocturno, el mágico animal dio un paso atrás.
Abrió el bello hocico que tenía cuajado de colmillos y dientes blancos y bonitos.

El canto brillante de las estrellas emergió de su garganta, algo que los hombres no pueden escuchar, a menos que haya mucho silencio y la serpiente quiera que se le escuche.

Y ella lo quería. El hombre quedó maravillado por la belleza sublime de la canción. Olvido que el Dios de la Guerra estaba ahí y olvidó también cualquier cosa que no fuera el hermoso animal de los cielos emitiendo esa melodía que iba directo a lo más profundo en el alma.

Se acercó, el canto había fortalecido su corazón y lo llenó de valor. Desapareció cualquier rastro de miedo y cobardía para siempre.

Bajó una rodilla al suelo, abandonó su cuchillo y extendió la mano, tratando de acariciar el hocico peligroso de la bestia. Había amor y reverencia en la mirada del hombre y el Dios entendió lo que estaba sucediendo.

Los dioses no hablan a los hombres por que los consideran indignos, pero sí la serpiente habla a favor de los hombres, algo bueno debe tener ese hombre en particular.

El Dios paseó la mirada a lo lejos y vio cuántos y porqué se estaban quedando atrás. No eran infieles. Eran débiles y viejos. Y otros como ese muchacho se resistían a abandonarlos.

El Colibrí comprendió y aceptó. El canto de la serpiente terminaba. Había hablado por los hombres y el Colibrí no los abandonaría tampoco.

El Dios de la Guerra, de piel azulada, cubierto con su manto de plumas de colibrí y los rasgos de su rostro hermoso oscurecidos por una franja negra, cargando su escudo ornamentado con oro y plumas preciosas, extendió la mano.

El animal se volvió relámpago y el relámpago se volvió hacha en las manos del Dios Colibrí del Sur, azul y llameante.

— ¿Tú cuidarás de ellos? —preguntó el dios al hombre que seguía hundiendo la rodilla en la tierra reseca y que dijo que si, sólo con la cabeza, con miedo de enojar al Dios más terrible de todos cuantos existían.

Aquel poderoso ser extendió el hacha de nuevo hacía el hombre y el arma se volvió Serpiente de Fuego, está vez de color rojo.

Velozmente se envolvió en torno al cuerpo del hombre.

Quemándolo vivo.

Las llamas lo cubrieron por entero mientras que la serpiente lo rodeaba cien veces viajando por su cuerpo como un remolino cada vez más rápido, hasta que dejó de distinguirse la forma del animal.

El hombre parecía atado por muchos aros de fuego. También parecía estar sufriendo.

Y de pronto, la serpiente volvió a la mano del dios.

Los gritos del hombre habían atraído a sus compañeros que corrieron a defenderlo con sus vidas hasta que vieron quien estaba con él.

Todos los hombres bajaron su rodilla al suelo y eso dio gustó al dios, ya que vio valor en esos corazones y respeto.

—Este hombre los cuidara.  El fuego de mi arma vive en su sangre. —Dicho eso, el dios desapareció para siempre.

Nunca más lo volvieron a ver, ni se volvió a saber nada de ningún animal de fuego…

Aquél joven fuerte y mucho más poderoso que antes del encuentro con la Serpiente Estelar y el Colibrí del Sur, se levantó del suelo un poco despeinado y azorado, pero vivo y sano.

Esa noche las hogueras ardieron alto con apenas unas cuantas ramitas secas y no se agotaron hasta que el amanecer llegó.

Aquellos hombres se olvidaron del frío, tuvieron siempre comida caliente, un cerco de llamas que los cuidaba en la noche.

Cuando el hombre tomó esposa tuvo hijos que fueron buenos hombres y mujeres.

Envejeció lentamente, más despacio que todos los demás. Sus hijos mayores ya tenían hijos, su primera esposa murió y la segunda cargaba en su vientre a sus primeros hijos.

Dio a luz a dos niños varones, tan diferentes uno del otro como la noche difiere el día.

Uno de ellos cuando creció se dedicó a enseñar las historias de los dioses. Fue sacerdote y ocupó un alto cargo.

El otro tenía la guerra en las venas.

La serpiente estelar habló al Guardián, anciano ya aunque fuerte.
Lo instruyó en el canto de estrellas que él comprendía a la perfección porque la serpiente estelar vivía en él.

Llevó a su hijo de veinte años, aquel que nació bajo el signo del Colibrí, que no temía a la lucha ni a las armas, a lo más apartado del desierto para enseñarle cosas, como no hizo con ninguno de sus otros hijos antes.

Once días más tarde, terminada esa tarea, durante la hora de la noche que llega, la Serpiente Estelar se mostró a su hijo en forma de animal y después en forma de relámpago.

Desde entonces, la Serpiente vive en un hombre que cuida de los suyos. El hombre hereda a su hijo o a algún otro joven, el más digno, sus conocimientos y cuando está listo, la Serpiente llega sólo una vez.

Juntos, el Guerrero anciano y la joven Serpiente de Fuego que era su hijo, dedicaron años para encontrar a tres jóvenes más.

La Serpiente Estelar lo quiso así.

Por mil años de padre a hijo o de maestro a aprendiz se transmitieron el conocimiento. Cuatro guerreros cuidando a su pueblo.

Siempre cuatro.

Llegaron los hombres del otro lado del mar, el mundo cambio, su pueblo fue olvidado, esclavizado y casi destruido. No quedaron rastros de las tradiciones, ya nadie teme a los dioses que nos olvidaron hace tanto tiempo.

Los dioses de los conquistadores eran más fuertes y los mataron.

Nadie sabe porqué.

Pero la Serpiente sigue en el cielo brillando, mantiene su pequeña promesa de estar con esos hombres, los descendientes de aquéllos que quedaron atrás, mientras ellos mantengan el compromiso que el primero selló, de cuidar de los suyos.

No sabemos si el colibrí del sur volverá y la tomará nuevamente en su mano en algún momento.

La era de los dioses ha quedado atrás, pero la Serpiente Estelar sigue cuidando del hombre de piel morena de esas tierras y de otras donde el Colibrí del Sur tuvo su dominio.

Guía y empodera hombres selectos. Los convierte en Guardianes que protegen a los que están alrededor suyo.

Cada Guerrero a su tiempo, encuentra al siguiente hombre o mujer que ha de portar la fuerza de la serpiente y el poder, el equilibrio y el dominio sobre su elemento.

Aprende esto y cuando llegue el momento, canta la canción de la Serpiente Estelar al joven o a la joven que ha de portarla con honor cuando tú dejes el mundo.